Hemos pasado unos días de vacaciones cerca de Lyon, en una casa independiente con piscina y jardín alrededor. El jardín era funcional, pero no bonito: espacio para aparcar el coche, para hacer barbacoa, para acceder a una zona de juegos ya abandonada. Los árboles y arbustos no habían sido podados en mucho tiempo, el resto de plantas apenas sobrevivían por la falta de agua y las altas temperaturas de este verano. Aun con todo, este espacio conseguía transmitirme una tranquilidad genuina. A pesar de sus numerosos fallos, lo veía pleno —lo admiraba— y quería pasar tiempo en él.
Lo mismo ocurre cuando visito el jardín de mis padres, en mi pueblo. Consigo estar en paz viendo un trozo de malla antihierbas sobresalir aquí o allá. No sé si por ese caos natural o porque lo miro en calidad de invitado, sin control alguno sobre el espacio.
Hace unos cinco años que vivo en una casa con jardín, y diría que no he conseguido esa sensación ni una sola vez. Me resulta tremendamente difícil pasear por él sin pensar en todas las cosas que podría hacer, ni fijarme en las malas hierbas brotar o las plantas en macetas languidecer.
Así, hasta hoy. Sin saber muy bien cómo, después de unos días con aquel caótico jardín, soy capaz de mirar el mío con bondad. Admirar sus desperfectos y darme cuenta de que solo con ellos es realmente un jardín para ser vivido, y no únicamente contemplado. Que si hay que trabajar en él, ya se hará.
Quizá el souvenir que he traído de Lyon no sea una sensación, sino una nueva manera de mirar: la de un invitado en mi propio jardín. Ojalá me dure.